Los 2.000 versículos que conforman el poema transportan al lector a un continuum de sentido a través de la escritura de flujo de conciencia (técnica que ya en su tiempo hizo famoso a James Joyce), de tal modo que lo que percibimos como una única página es capaz de expandirse hacia múltiples líneas de sentido. Podríamos decir que cada una de las cincuenta galaxias ofrece un concepto, y cada concepto se disloca gracias a una suerte de mapeo semántico: la apabullante capacidad técnica del que fue uno de los padres de la poesía concreta brasileña permite formar, en cada uno de ellos, un enjambre de diferencias (en palabras de De Campos, bastaría un día para perderse en el poema, pero incluso un día constituiría un exceso para la experiencia misma de lectura). Quien escribe leyó
Galaxias de una sentada (si se sigue este método, contenga la respiración) y sintió que cada palabra se movía por las sinuosidades de una conciencia hecha escritura, pero, no obstante, otra lectura es posible; el lector si lo desea puede saltar de galaxia en galaxia sin que la experiencia del viaje pierda su valor, ya que cada concepto-galaxia ensambla con cualquiera de ellas, independientemente de la distancia textual a la que se encuentre. Así pues, no descubrimos de ninguna manera el libro de
una vida, pero sí con una obra capaz de mostrar el flujo de una conciencia que es desarrollada a través de la escritura.