Que no es lo mismo llamar a Franco
«jefe del Estado»,
«la espada más limpia de Occidente» o
«dictador» lo sabemos todas. Y es que el discurso no representa la realidad de forma neutral, sino que, muy al contrario, es un mecanismo del poder que construye dicha realidad, formando
un sistema que regula lo que se puede o no decir (e incluso pensar), que regula, en definitiva, lo que es verdadero, y en el que anclan las subjetividades, las creencias, los deseos. Y luego ejerce un borrado sistemático de sus técnicas y estrategias de actuación, instaurando el silencio y el olvido. Pero este borrado no es perfecto, siempre deja huellas, como el
Diccionario del franquismo, escrito por
Vázquez-Montalbán en 1977 y reeditado por Anagrama,
un documento histórico muy valioso en la medida en que, como hemos visto,
conocer el discurso de una época es indispensable para comprenderla. En este caso, además, este recorrido por las madejas discursivas del franquismo va acompañado de las ilustraciones de
Miguel Brieva, cuyo estilo contribuye a crear esa
sensación de claustrofobia que se respira al entrar en las cloacas del franquismo, de las que salimos con una idea clara: que no podemos dejar que aquello vuelva a suceder.