Acostumbrados a los grandes relatos heroicos y a las hazañas inmortales de los protagonistas, las páginas que nos propone Kornel Filipowicz en
Memorias de un antihéroe nos hablan de esa otra realidad que existe en todo conflicto bélico; la vida y el devenir de todos aquellos que, como el protagonista y narrador de esta novela, tratan únicamente de sobrevivir a cualquier precio. Su vida se guía por un único principio: «No sentir odio hacia ningún bando, simplemente indiferencia». Para llevarlo a cabo, se convierte en un verdadero estratega, cuyo objetivo es salvaguardar su persona y mantener su tranquilidad y seguridad: en pleno desenlace de la Segunda Guerra Mundial, convertirse en alemán para los alemanes y polaco para los polacos, llegar a ser un don nadie y esperar en su apartamento el desenlace de los acontecimientos. La espera era en realidad sinónimo de vida. Hay, pues, que abandonar toda ideología y dejar a un lado la voluntad y los escrúpulos. El narrador nos pone en antecedentes desde las primeras páginas: «los héroes no existen», las fosas comunes y los cementerios están llenos de esos temerarios que no quisieron pasar desapercibidos. Además, ¿quién puede exigirnos un comportamiento heroico?