El hombre de tres letras. Último reino XI


El hombre de tres letras. Último reino XI

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«Me gustan los libros. Me gusta su mundo. Me gusta estar en la nube que forma cada uno de ellos, que se eleva, que se alarga. Me gusta proseguir su lectura. Me entusiasmo al recuperar ese peso ligero y el volumen en el hueco de la mano.. Me gusta envejecer en su silencio, en la larga frase que pasa bajos los ojos. Es un río abrumador, al margen del mundo, que desemboca en el mundo pero que no interviene en él de ninguna manera. Es un canto solitario que oye solo quien lo lee».
El hombre de tres letras (L´homme aun trois lettres, 2021), undécimo y último volumen publicado de la serie Último reino, es una declaración de amor por los libros, ese objeto perfecto que, al abrirse, como una ventana, alumbra nuestra oscuridad y nos descubre un mundo; por la lectura, una tarea solitaria que, con recogimiento, recrea un cosmos privado, particular, silencioso, que contiene todos los mundos existentes y nos conecta con seres humanos que desaparecieron hace siglos; y por la escritura, el tercer elemento de la ecuación.
«No me hables de ese libro, lee, asoma aún más la cabeza por ese abismo donde se pierde tu alma».
"El hombre de tres letras" es la perífrasis latina para referirse a un ladrón, fur, un recurso que evitaba decir el nombre y, con ello, convocar su presencia, bajo la convicción de que lo que no se nombra no existe. Un argumento parecido, aunque con una intención contraria, a las sectas religiosas que prohíben citar el nombre de Dios.
«El hombre de tres letras es el rey furtivo ?el que viene y va? con la ayuda de su lengua silenciosa ?que se escribe y se calla? entre los dos reinos ?uterino y solar? donde se sostiene íntegramente la breve experiencia posible para cada cual».
Leer es robar al individuo de su comunidad para secuestrarlo en otra silenciosa y anónima, nominal, que se basa en la soledad y el aislamiento de sus componentes. Es también el robo del tiempo útil, del tiempo productivo, que de coyuntura eficiente se transforma en circunstancia furtiva.
«Cada palabra es en sí un fantasma, cada léxico es una población de sombras».
La posibilidad de que las primeras letras escritas provengan de símbolos de objetos o de animales significaría que existió una conexión estrecha entre escritura y naturaleza, un vínculo que se ha perdido con el transcurso del tiempo pero que ha permanecido implícita para siempre. La letra acabó desgajándose de su significado para convertirse en mero signo, pero esta degradación no la ha aislado de su origen ?tan solo lo ignoramos? ni de lo que este lleva implícito; esa es la única razón ?y no la utilidad? de que perdure a través de los siglos.
«La letra reemplaza al reflejo que tomó el relevo de la alucinación en la oscuridad de la noche. La letra se convierte, a su vez, en el medio de descender en el tiempo, siguiendo quince o veinte peldaños ?sobre los ladrillos de Sumeria, sobre los caparazones de tortuga de China?, hasta el fondo del mundo invisible, ante el perro triple de la noche que se come nuestra carroña por toda la eternidad».
El abecedario: veintisiete signos bastan para nombrar todo lo visible y lo invisible, lo real y lo imaginario, lo concebible y lo inaudito. Signos que expanden su función cuando se agrupan en palabras ?y, en algunas lenguas, varían su sonido?, y que amplían sus posibilidades hasta el infinito cuando se combinan.
«La "cosa literaria" engloba de una vez, ya para siempre, todo lo que va a escribirse a partir del origen de la escritura: ya sea inhumano, infernal, divino, natural, salvaje, físico, en los fósiles de los acantilados, en las plantas devastadas, en los mordiscos de los animales carnívoros, en los labios del bebé que mama y adelanta la cabeza, en los pechos de las madres que se los sacan y les dan de mamar, en los excrementos que dejan las fieras a las que perseguimos por sus carnes, sus costumbres, sus pieles, sus colmillos y sus bosques...»