Del álgebra de la palabra

Del álgebra de la palabra
10,00 €
Sense existències ara
Rep-lo a casa en 2 / 3 dies per Missatger o Eco Enviament*
Casi todo en poesía es superfluo, salvo el poema. Y hablo del autor y de su biografía, y también del libro que tienes entre tus manos. Tampoco se precisa una “poética”. Ponerle puertas al mar, curiosa aventura. Teorizar para justificar es un entretenimiento barroco, un ejercicio que muchas veces deja al descubierto de forma indirecta lo que se pretende velar. Poco después de que José María Castellet publicase en 1970 la antología Nueve novísimos, don Emilio Alarcos le decía en una carta al hablar sobre los poetas seleccionados: “… en el fondo de algunos se ve el motor esencial de toda poesía: el haber descubierto que la vida es una estafa y que dentro de cien años todos calvos”. Pues bien, en ambas certezas tengo yo la dudosa suerte de ser un adelantado: ya casi no tengo pelo, y cierta señora me ha estafado no una, sino varias veces ya; puedo por tanto hacer ostentación -teórica al menos- de que elralentí del fuego sagrado fluye por mis venas jacobinas.
Cuando escribo tengo claro que trabajo con un material fungible y que a la vez crea vida. La palabra atrapa lo real, lo presentido, cuenta las arrugas de su propia historia y las del que la opera. No quiero caer en el adanismo de pensarme original, hay tanto escrito que uno tiene la sensación de ser una repetición patética de alguien que la mayoría de las veces ha olvidado o que, en el peor de los casos, desconoce. Una tarde, sentado en una terraza de provincias, lees un verso que considerabas tuyo en la voz de alguien que te antecedió varios siglos, y al principio no te sienta bien, pero con el paso de los años sonríes, le pasas un brazo por el hombro, y terminas caminando, agradecido, al lado de un montón de buenos amigos.
Me decía Blanca Andreu que “el poeta es el primer lector”, y quizás al final sea ese nuestro único y sencillo privilegio, el de estar presentes en el momento en que surge, inexplicable, la combinación mágica de palabras que abren la libertad de una manera singular. El resto, incluido tú, segundo lector, es calderilla.
Me decía Blanca Andreu que “el poeta es el primer lector”, y quizás al final sea ese nuestro único y sencillo privilegio, el de estar presentes en el momento en que surge, inexplicable, la combinación mágica de palabras que abren la libertad de una manera singular. El resto, incluido tú, segundo lector, es calderilla.